El hombre era tan alto y flaco que siempre parecía de perfil. Su sombra se recortaba minuciosamente contra la figura de la cortina gracias a la luz de la lámpara hawaiana situada encima de la mesilla de madera que había junto al sillón de orejas de cuero negro que solía utilizar para vigilar el bosque.
El hombre, tras echar un último vistazo al inmenso bosque tupido que rodeaba la casa por tres de sus cuatro paredes y en el que yo me ocultaba, dejó caer la cortina y se sentó pesadamente en el sillón; con una de las manos cogió el rifle que hasta ese momento había estado apoyado en su muslo. Por el aspecto, debía ser nuevo; el último que le habíamos visto, Darren, Paul y yo lo habíamos destrozado la última vez que nos había dado caza, en el desfiladero; había hecho bien en comprarse otro, le haría falta.
Paul gruñó a mi lado y yo le mordí el morro para hacerlo callar y su mirada de reproche hizo que esta vez fuera yo quien le gruñera. Él sabía tanto como yo las ganas que tenía de deshacerme de aquel humano que había acabado con más de la mitad de la manada.
Giré sobre mí misma y pude ver las caras hambrientas de Darren, Lucy y Paul. Los otros se habían quedado a salvo en el interior del bosque hasta que diésemos la señal.
Volví la vista a la ventana. Como todos los meses, hoy era el día de caza para ese hombre y sus dos amigotes.
Los amigos todavía no habían llegado, ni lo harían; la manada se había encargado de ello; los habíamos visto venir a toda velocidad en su todoterreno, creyéndose los reyes de la carretera. Tuvimos que ayudarles a frenar, pero frenaron tan bruscamente cuando nos vieron en medio de la carretera que se habían salido de la vía y habían tenido un trágico accidente. Reí recordando sus caras demacradas por el pánico cuando la carretera desapareció bajo sus neumáticos, humanos estúpidos...
Darren y Lucy se acercaron a mí. Les lamí el morro y aprobé su decisión, no podía seguir tolerando que por culpa de ese hombre mi manada hubiera sufrido tales estragos. Era increíble como, en cosa de tan pocos meses hubiéramos pasado de ser una familia considerablemente grande, con sus treinta y cinco individuos, y ahora, apenas un año después, solo quedásemos doce.
Miré de nuevo por encima de mi hombro: Darren, Lucy, Paul y yo éramos la avanzadilla.
Con un movimiento entre los arbustos, salieron Dean y Jace, las primeras y últimas incorporaciones que habíamos tenido desde que había empezado a descender de forma violenta y alarmante el número de los integrantes en la familia. Eran los más jóvenes de todos, apenas me llegaban al hombro. Por lo que serían el cebo perfecto para poner en marcha nuestro plan. Aprobé su atrevimiento, pero antes tendrían que esperar a que el hombre saliera de la casa y se volviera vulnerable. Si todo salía bien, ningún lobo volvería a morir en los bosques de Wolf Point.
Fijamos la mirada de nuevo en el individuo que amenazaba con hacernos desaparecer. Éste volvió a la ventana con el rifle al hombro y dirigió una mirada asesina a unos arbustos que se acababan de mover –aunque fue a causa de viento, no nuestra–. Desesperado, miró el reloj y cansado de esperar se dirigió hasta la pequeña cocina. Abrió la puerta del frigorífico y sacó dos botellas de cerveza del cajón más bajo. Se dirigió a la puerta, la abrió y salió fuera mientras intentaba abrir una de las botellas con los dientes.
Dean y Lucy gimieron y yo accedí con la cabeza.
Salieron sigilosamente de entre los arbustos para evitar que el hombre supiera de donde veníamos.
El humano, que ya iba por su tercera cerveza, estaba apoyado en la jamba de la puerta. Se quedaron escondidos hasta que el hombre se dirigió al embarcadero que había frente a la casa, sumergió los pies en el agua hasta la altura de los tobillos, dejó el rifle al alcance de su mano, abrió la cuarta cerveza y, de un solo trago, la dejó casi vacía.
Dean, con su contagiosa inocencia, se acercó poco a poco al asesino mientras Lucy apartaba inteligentemente el rifle del alcance del humano con una de sus patas delanteras.
Cuando Dean y Lucy se situaron en su posición, hice la señal a Darren y a Paul para que me siguieran sin montar alboroto. Advertí a Jace que se quedara escondido por si las cosas salían mal.
Antes de entrar en la cabaña –el humano había sido tan estúpido que, demasiado confiado o a lo mejor víctima de un fatal descuido, había dejado la puerta abierta–, observé cómo Dean todavía se hacía el inocente intentando jugar con el hombre que, extraordinariamente, no sospechó de él y le acarició con calma la cabeza al igual que a Lucy.
Con una de las patas delanteras abrí lo suficiente la puerta para poder deslizarme al interior del hogar con mi forma animal. Paul y Darren me siguieron con mucho sigilo.
El interior de la casa no era nada del otro mundo, no había nada que valiera dedicar aunque fuese un segundo de atención, salvo que todos y cada uno de los muebles de la casa eran de madera. Paul se dirigió con calma a la cocina y abrió como pudo el frigorífico atraído por el aroma a comida. En su interior, se llevó un gran chasco cuando se dio cuenta de que lo que más abundaba en el interior del electrodoméstico era la cerveza. Darren se dirigió al salón, donde la chimenea todavía calentaba tenuemente con un pequeño fuego que amenazaba con apagarse en cualquier momento. Yo, en cambio, me dirigí sin rodeos hasta la habitación.
El dormitorio era como cualquiera en este tipo de cabañas perdidas en medio de la nada.
Un cuerpo muy parecido al mío, situado al fondo de la habitación, llamó mi atención y, cuando descubrí para mi total desgracia lo que era, no pude evitar que el recuerdo inundara mi mente.
Había luna llena, lo que significaba que era noche de caza. Shelby, mi hermana, era la Alfa de la manada, y se las había arreglado para que, a pesar de mi mínima experiencia, fuera la segunda al mando y mano derecha en el consejo. Había organizado el grupo como todas las noches de caza, en dos equipos: uno llamaría la atención de la presa, mientras el otro equipo se encargaba de derribarla y arrebatarle la vida.
Corrimos durante toda la noche, solamente iluminados por el resplandor de nuestra madre, reina del cielo nocturno hasta que nos topamos con la gigantesca manada de alces. Fue rápido, abatimos al macho alfa y dejamos que los demás se fueran. Había sido una buena caza.
Los problemas empezaron cuando sonó el disparo.
Cuatro hombres salieron de entre los árboles y empezaron a disparar a diestro y siniestro a cada lobo que podían.
Mi hermana pensaba que solo querían al alce, por lo que ordenó que cogiésemos lo que pudiéramos cargar entre los dientes y corriéramos lo más rápido posible hacia el desfiladero, nuestro lugar de reunión más cercano en ese momento.
Después de que llegásemos al desfiladero, todo sucedió demasiado rápido. La manada ya había rebajado sus efectivos de defensa a la mitad, y solo quedábamos unos veinte. Cuando uno de los cazadores apuntó directamente hacia mi hermano y a mí –ambos estábamos acurrucados en la esquina más cercana a mi hermana, temblando de miedo–, mi hermana reaccionó enseñando los dientes y saltó ágilmente sobre el humano.
En cuanto tumbó al hombre, el disparo que sonó a continuación fue amortiguado por el pelaje gris claro de Shelby, que se derrumbó a su lado con una mancha roja de sangre que ensuciaba su sedoso pelaje.
El hombre que había matado a mi hermana quedó sumergido al instante bajo los cuerpos de una decena de lobos que le arrancaron la vida en pocos segundos.
Los otros tres cazadores se marcharon a toda pastilla cuando la manada se enfureció de verdad por haber perdido a su querida Alfa.
Paul y yo nos quedamos al lado del cadáver de mi hermana hasta que casi morirnos del frío cuando se desató la tormenta de nieve dos días después del ataque. La manada tuvo que arrastrarnos en contra de nuestra voluntad para alejarnos de ella. Después de eso, los cazadores habían venido a por su cuerpo.
Y ahí estaba ahora, delante de mí, llena de paja para evitar que se pudriese, habían remplazado sus preciosos ojos del color de la miel por unos de cristal. Estaba en posición de aullar, con la cabeza inclinada hacia arriba y la pata delantera izquierda elevada levemente para dar ese porte distinguido del Alfa, el mío, me había hecho con el título. Con su muerte, los primeros meses después de la tragedia, la manada fue de mal en peor, yo no conseguía recuperarme. Por eso había pensado –un año después– que si me vengaba podría ir en paz.
Una lágrima solitaria resbaló por el pelaje de mi rostro.
Me dirigí hasta la ventana que había junto a la cama, era lo suficiente baja como para que no tuviera que cambiar a humana para avisar a la manada y, encima, estaba abierta. Me apoyé en las patas traseras y aullé. La señal. Desde el otro lado del bosque escuché los inconfundibles aullidos del resto de mi manada que daban comienzo a la caza.
Escuchamos los disparos antes de poder pensar con claridad.
Sin pensar en otra cosa, Paul se escondió como pudo tras la mesa de la cocina, Darren hizo lo mismo tras la puerta principal de la casa y yo me senté encima del sillón de orejas del asesino al que íbamos a matar. Qué irónico.
El hombre entró como una bala en lo que pensó que sería su salvación y se arrepintió al instante. Miró desanimado el rifle, apuntó directamente hacía a mí como había hecho su compañero hacía un año y apretó el gatillo. Sonó un chasquido, el rifle estaba descargado. Se levantó rápidamente y fue corriendo hasta la cocina e intentó coger el resto de la munición, Paul lo evitó. Lanzó un mordisco al aire intentando alcanzarlo y no lo consiguió. El humano volvió otra vez hasta al salón cuando Dean y Lucy entraron gruñendo amedrentadores y nos miró con miedo.
Otro aullido dio la entrada en escena de los demás componentes de la manada, que ni se molestaron en penetrar en la casa por la ventana abierta y rompieron todas las ventanas con sus cuerpos.
Poco a poco, fueron cercando al moribundo contra la pared sólida a su espalda, enseñando los dientes y lanzando pequeños mordiscos al aire. Observé desde mi asiento privilegiado, de cómodo cuero negro cómo le desgarraban poco a poco las ropas y le abrían pequeñas heridas sangrantes en distintas partes del cuerpo y, cuando el olor de la sangre los enloqueció finalmente, atacaron en serio.
Todavía con un halo de vida y sin dejar que se desmayase, bajé de mi trono. El humano me miró a mí con un miedo terrible, animal, más aún que a toda mi familia junta. Mi pelaje blanco como la nieve virgen y mis ojos azules como zafiros sin tallar no debieron de inspirarle muchas esperanza de vida. Ni falta que hacía; no pensaba dejarle que disfrutara de lo poco que le quedaba de su estúpida vida. Luego, me abalancé sobre su cuello y asesiné al asesino.
-Son dos dólares con cincuenta centavos –le di los tres dólares y esperé la vuelta con impaciencia cuando el banquero se empeñaba en conseguir las monedas con sus rechonchos dedos–. Qué pena, ¿no? Lo del hombre ese que fue atacado el miércoles por la noche. ¿Qué crees que fue, Jena? –me encogí de hombros cuando por fin me dio la vuelta. Hoy todo el mundo hablaba de lo mismo, era lo que cabía esperar en un pueblo tan pequeño como este.
-¿Un oso?
Esta vez fue el banquero el que se encogió de hombros.
-Tal vez –finalizó.
Me despedí con un movimiento de cabeza y volví con paso rápido a casa.
Habíamos apostado y me había tocado pringar a mí y tener que ser yo la que comprase el periódico semanal. En el pueblo, a pesar de que no se conocía muy bien al tal “James”, todo el mundo se sentía demasiado triste por su repentina muerte a manos de un animal desalmado que le había quitado la vida.
Yo era la única de la manada que había salido a la calle en los últimos tres días, los demás componentes fingían que se sentían demasiados tristes y abatidos por la muerte del hombre como para hacerlo y se había encerrado en sus casas para evitar que los demás viera cómo se reían en sus narices ante su tristeza por la muerte de ese cruel cazador de lobos.
Me reí para mis adentros. Todo el mundo creía que había sido un oso o algo por el estilo, pero había escuchado a los policías de la zona que habían encontrado múltiples marcas de dientes y garras de lobos en el cuerpo de la víctima. Ahora solo les faltaba una cosa.
¿Cómo explicaría la policía que un hombre había sido atacado por lobos cuando nunca había habido estos animales en Wolf Point, a pesar del nombre del pueblo?
A no ser que contases con mi manada, pero ellos no sabían que nosotros existíamos a medianoche, cuando la luna se viste por completo de un blanco limpio puro e inmaculado.


Son horribles algunas de las maneras en las que una persona puede perder a sus seres queridos.
ResponderEliminarInsisto, adoro tus redacciones y tus historias ficticias, ojalá esos mundos que vivimos tú, yo y muchas personas fuesen realidad. Bueno, quién sabe si son o no lo son... h_h