Llegué a casa cuando ya había oscurecido.
Abrí la puerta después de haber sacado las llaves del interior de la chaqueta del traje. Había sido un día duro en el trabajo, la gente no dejaba de pedir créditos, a pesar de que el banco estaba entrando en quiebra.
Ya me veía dentro de poco en la calle, pero al menos me quedaba la familia.
Mis dos pequeña. Claire y Samantha, con nueve y siete años, que habían traído la felicidad al hogar cuando mi mujer había estado tan enferma.
El aire otoñal de Oregón entró en el hall de mi casa, bien amueblado y con un color amarillo pistacho en la pared.
Esperé hasta que el grito de mis niñas me llamasen desde el salón para poder fingir una sonrisa y abrazarlas con todas mis fuerzas, que mi mujer apareciese después de ellas y también me abrazase, que me cogiese de la mano y fuésemos a cenar juntos.
No ocurrió nada.
Cerré la puerta con la llave desde dentro y tanteé con la mano en la pared para tocar el interruptor de la luz, lo presioné para que la vieja bombilla se encendiese. No pasó nada. Se habría fundido la bombilla, ya la cambiaría por la mañana.
Me dirigí al salón, extrañado, la mesa estaba puesta, la cena humeante y con una buena pinta. Entonces, ¿porque mi familia no había venidoa darme la bienvenida al hogar?
Fruncí el ceño y subí a mi habitación, al llegar al último peldaño de la escalera, me encontré con un líquido viscoso manchando la alfombra persa del pasillo, levanté el pie, intentando no pisarlo, pero me fue imposible. Resbalé y caí en la alfombra, dándome un buen golpe en la cabeza.
Me levanté, dando cuenta del chichón a la vez que encendía la luz del pasillo.
Si no hubiese estado tirado en el suelo, me hubiese caído de nuevo por la sorpresa. Las paredes estaban manchadas de un líquido sangriento, esparcida por toda su extención.
Había una pequeña figura en la otra punta del pasillo, contra la pared, vestía de blanco y el pelo oscuro le caía sobre la cara, impidiéndome saber si era Claire o Samantha.
Corrí hasta llegar a su lado y la cogí entre mis brazos.
Samantha, la pequeña Samantha.
Me puse a llorar desconsoladamente, apretando el cuerpo inerte de mi hija contra mi pecho. Con ella aún en brazos, me levanté y entré en la habitación de mi mujer.
En la cama estaba el cuerpo de mi Clare y de mi Alice.
Encima de ellas, alimentándose del cuello de mi mujer, había una gran bestia peluda con un cuerpo descomunal y cara de lobo que había abierto su cuello y bebía su sangre.
Caí al suelo y empecé a chillar, la bestia se volvió y me gruñó, dejó caer el cuerpo de mi mujer y cargó contra mí.
Miré a los ojos y dejé que se abalanzase.
Morir era la mejor opción para dejar huir mi alma de tanto dolor.
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