martes, 18 de diciembre de 2012

Invasión

Cerré la puerta del camión blindado con fuerza, mientras dejaba que los cuerpos de los extraterrestres se retorciesen cuando pasaba a su lado. Uno intentó, todavía vivo, agarrarme del pie y hacerme caer.
Me giré, con toda la rabia que podía haber tenido en mi interior, le propiné una patada en la mandíbula. La cabeza le cayó hacia atrás, por lo que no tendría que preocuparme por él más.
Llegué a la parte trasera del camión, donde estaba sellado a cal y canto. Tiré de las cadenas pero no cedieron, cogí el rifle que habia estado cargando desde que se había producido la invasión y disparé. El candado saltó por los aires y me dejó el camino libre.
La puerta se abrió hacia arriba con un chillido metálico. Preparé de nuevo el rifle, preparándome para lo peor.
Pero solo encontré un chico de unos quince años en su interior.
Se tapó el rostro con los brazos en cuanto el sol entró en el tráiler. Me subí al tráiler y me acerqué a él con cautela, siempre con el arma por delante.
Cuando llegué a donde estaba, seguía tapándose la cara, por lo que tuve que obligarle a apartar los brazos de ella para asegurarme de que aún era humano.
Unos ojos azules me miraron con miedo desde su oscuridad. Me relajé visiblemente, no había ninguna aureola roja o plateada alrededor de sus iris, por lo que no estaba infectado.
Me agaché y cogí al niño como pude, al principio se resistió, dando patadas y puñetazos como pudo, recibí un par de ellos en el estómago y en la espalda.
Pero para sorpresa del niño, no le hice nada.
Me limité a sentarme apoyada contra la pared y lo abracé.
-Tranquilo, ya ha pasado todo -le susurré al oído.
Eso pareció tranquilizarlo. Dejó de dar puñetazos a mi espalda y cerró los ojos, durmiéndose en mis brazos.
Debería haberse asustado con el sonido de los disparos que había hecho contra sus captores.
Su respiración se hizo más pausada y al final pude escuchar su corazón tranquilo, que bombeaba contrra mi caja torácica. Se había dormido.
Recordé los primeros días de la invasión y supe que yo hubiese reacionado igual si tuviese su edad.
Lo cogí en brazos y lo llevé hasta la cabina del camión. El motor estaba en marcha, por lo que lo único que tuve hacer era poner al chico el cinturón de seguridad y acelerar.
Miré por el retrovisor los cuerpos humanos infectados, que empezaban a descomponerse a la luz del amanecer.
Un par de horas después llegamos a la ciudad, donde el chico me cogió la mano y me miró, negando con la cabeza. Enseguida entendí lo que quería decir, por lo que di media vuelta y volvimos a internarnos en el bosque después de dejar el camión abandonado, contentos de poder empezar una nueva vida.