El hombre de la calle se estaba mojando de arriba a abajo.
La tormenta había llegado hacía un par de horas, pero las calles estaban a punto de inundarse y las alcantarilla de llenarse, dejándolas inútiles.
Fumaba de una pipa, de la cual salía un humillo que se difuminaba en el aire.
La calle estaba desierta, solo se escuchaba el maullido de un gato que lloraba su desgracia y no encontraba un sitio donde ponerse a cubierto.
Pero, a pesar de que la tormenta siguió hasta altas horas de la madrugada, el hombre de la pipa siguió allí parado, fumando sin parar y sin que la ceniza de la pipa se apagase nunca. Miraba a una ventana encendida, de la que, a su vez, un chico de doce años le miraba fijamente a través de su telescopio recién adquirido en las pasadas Navidades.
Ambas personas, el hombre y el niño se miraron durante todoa la noche, ninguno de los dos pesrtañeó ni apartó la mirada del otro, casi como si se retaran entre sí en una competición que no tenía ni pies ni cabeza.
El chico, con su pijama de verano, había conseguido una silla antes de sentarse delante del telescopio para observar las estrellas esa noche, fue entonces cuando vio al hombre, y no se había movido desde entonces.
El hombre siempre hacia lo mismo, no apartaba la mirada de la ventana ni de la misma mirada del muchacho al que, de vez en cuando, le recorría un escalofrío la columna como si le hubieran echado un cubo de agua helada, le pegaba un par de caladas a la pipa sin aparta la vista, así toda la noche. Hasta que, por fin, justo antes de que amaneciera, apartó la mirada del niño, solo para mirar detrás de este, sonreír y saludar a algo invisible a las espaldas del chico, que no consiguió reprimir otro escalofrío. El hombre se giró y emprendió su camino hacia el final de la calle. Al irse, el chico miró a su espalda, donde su armario empotrado cerrado a cal y canto era lo único que había.
No había visto al otro chico, al que se escondía en el desván y solo se atrevía a bajar por las noches de luna nueva, donde la oscuridad era tal que nadie podía percibir lo suficiente como se traslucía su piel después de más de cincuenta años viviendo en ese mismo desván.