Posiblemente -la necesidad era tan enorme- hubiésemos tenido la fuerza suficiente para callar..., puesto que no fuimos nosotros quienes rompimos el silencio; la boca del destino se abrió y nos inundó de noticia.
Porque el amor es el clima propio del destino, en la medida en la que hace también su carrera por los cielos, por los que extiende su vía láctea de miles de millones de astros de sangre; bajo estos cielos, el país se extiende preñado de fatales azares.
Ni siquiera los dioses, en las transformaciones de su pasión, eran lo bastante poderosos para liberar a la amada terrenal, aterrada, fugitiva, de los lazos intrincados de este suelo fecundo.
Rainer Maria Rilke.
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