Empecé a gritar como un poseso y a golpear el suelo con el puño.
Cuando pude calmarme, empecé a tirar de la cuerda para ir al desván, pero esta no se abría. Tiré con más fuerza, pero siguió sin dar resultado.
Dejé de intentar abrir la puerta del desván, por lo que me giré y empecé a pegarle puñetazos a la pared.
Lo único que recibí fue el dolor en los nudillos, al igual que algo de sangre en ellos. Me derrumbé contra la pared, donde empecé a chillar de nuevo, esta vez con más fuerza.
Mientras el dolor se extendía por todo mi cuerpo, escuché un tamborileó que provenía del desván, presté atención. Los aullidos de dolor de mi madre hicieron que el alma se me desgarrase lo que nunca podría haber imaginado.
Me levanté una vez más y empecé a aporrear la pared, lo único que tenía a mi alcance, ya que la puerta del desván seguía cerrada e inalcanzable.
Grité con todas mis fuerzas, aún sabiendo que eso no valdría para nada y menos aún para conseguir ayudar a mi madre en su miseria. Nunca antes había experimentado tanto dolor, pero eso no me impedía moverme. Esperaba que pudiese tener una idea fantástica en el momento necesitado, pero me quedé mirando como un idiota embobado la puerta del desván, esperando a que mi madre apareciera mágicamente bajando las escaleras y sonriendo, como si todo hubiese sido una broma, pero nada de eso pasaría.
Me levanté, decidido a terminar con esto y hacer algo que valiese la pena además de estar regodeándome en mi desgracia.
Bajé las escaleras lo más rápido que pude y salí de casa, dirigiéndome hacia el cobertizo que teníamos en la parte trasera del jardín. Intenté no mirar el cadáver de mi padre todavía en el salón, bajé la cabeza intentando no imaginarme la escena en mi mente, algo que se me quedaría grabado a fuego toda el resto de mi vida.
Por primera vez desde que tenía memoria, me alegraba de que mi padre tuviese como hobby la caza, así podía coger su escopeta del cobertizo, coger las balas y matar a cualquiera que me estuviese haciendo pasar esta pesadilla y se había llevado a mi madre a sufrir al desván.
Cargué la escopeta de mi padre hasta el tope, lo que me daba unos seis u ocho disparos, no los había contado, recogí el resto de las balas y me las guardé en el bolsillo de los vaqueros, nunca antes había disparado, pero se me daban bien jugar a los dardos, esperaba que eso me ayudase algo, ya que en vez de tirar el dardo por ti mismo después de apuntar, lo único que tenía que hacer era mantener la calma al apuntar y apretar el gatillo, al menos en teoría, debía ser fácil.
Me cargué el arma al hombro y volví a entrar en mi casa, pero no sin antes pasar por el sótano.
Aunque más bien que sótano, era la típica buhardilla debajo de la escalera que tenía todas las casas de nuestra calle.
Subí de nuevo los escalones, esta vez apoyado con la mini-escalera de metal que había cogido de la buhardilla en el brazo que no tenía ocupado aguantando la escopeta.
Planté la escalera debajo de la trampilla del desván y probé a tirar una vez más de la cuerda. Seguía sin reaccionar, por lo que me bajé de la escalera manual, me aparté todo lo que pude de la trampilla sin perderla de vista. Me senté, respiré con tranquilidad, me llevé la escopeta al hombro y apunté hacia la trampilla, contuve la respiración y apreté el gatillo.
Al segundo siguiente, la trampilla había desaparecida y el aire estaba impregnado de un olor a podrido y musgo que no debería existir, sentí que fuera lo que fuese lo que me esperaba en el desván con mi madre, no era de este mundo, sería de matar, si es que era mortal, pero de eso ya tendría tiempo de averiguarlo una vez que hubiese conseguido subir a la trampilla y meterme en el desván,.
Caminé hasta quedarme debajo del agujero que había provocado el disparo, algo denso y oscuro cayó en mi cara, levanté una mano para apartarlo, pero cuando la bajé y lo miré, se me paró el corazón.
Era sangre.
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