Digamos que no me llevaba muy bien con él. Pero era lo mejor para los dos.
Así que cuando me dieron la noticia enseguida salí a la calle y cogí el coche, en dirección a su casa.
Desde pequeño me había caído mal como una patada en el estómago, pero nuestras familias eran buenas conocidas y no había habido más remedio que conocernos en las guarderías del club de golf. Él era e típico niño que tiraba del pelo a las niñas, pero conmigo no había tenido ese problema, siempre había llevado el pelo demasiado corto para eso, y aunque no hubiese sido así, estaba segura de que nunca se hubiese atrevido a tirarme del pelo.
Años después me lo había encontrado en la universidad, estudiando medicina, como toda su familia, mientras yo iba a la facultad de periodismo. Había id a su graduación por obligación de mis padres, que seguían en buenos términos con los suyos.
Dos años después, me lo encontré en el hospital, cuando una amiga mía había tenido un accidente y dio la casualidad de que él nos atendió.
Después de darle el parte médico, me llamó, empezó a hablar conmigo y se disculpó por lo mal que se había portado conmigo esos últimos veinte años. Casi no me lo había creído, pero vi un brillo en su mirada que me llamó la atención.
Le di una oportunidad y esa vez no me arrepentí.
Aprendí que podía llegar a estar a gusto con él, que casi parecíamos hechos el uno para el otro.
Después se había ido de viaje de negocios.
Y ahora estoy aquí, en mi coche, en la carretera bajo una lluvia que me obliga a poner el parabrisas constantemente. Me dirigía a su casa después de tanto tiempo, para verle a él.
Aparqué en el enorme jardín y entré en el salón cuando su madre me abrió la puerta. Corrí hasta al centro de la sala.
Y lo vi.
Su imagen pálida me impactó como si de repente todo se hubiese detenido, el tiempo y el espacio. Lo vi, dentro de un ataúd de roble en medio de la sala, con la tapa abierta para que los familiares pudiesen velarle.
Me derrumbé en el suelo y empecé a llorar.
Ahora comprendía la frase de no saber lo que se tiene hasta que lo pierda.
Me levanté con esfuerzo y me dirigí fuera, donde cogí de nuevo el coche y empecé a ir por la carretera sin rumbo fijo.
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