miércoles, 1 de agosto de 2012

Luces rojas

La blancura de las paredes del hospital hacían que mis ojos quisiesen cerrarse cada momento.
Los auriculares en mis oídos con Sweet Dreams de Marilyn Manson me decían que algo así no podía estar pasando.
La mano de mi hermano pequeño que incluso en los cuentos siempre había un feliz final para todo.

Llevaba el brazo enyesado por culpa del accidente, al igual que doce puntos en la cabeza. Mi hermano solo se había rasgado la mejilla por el sacrificio que había hecho nuestra madre para salvarle, pero salvo eso, no le había pasado nada más. Gracias a ella.
El médico salió al fin del quirófano, pude leer su cara antes de que nos diese la noticia.
Nos habló con tranquilidad, como si los dos tuviésemos cuatro años, intentando adornar la historia para los oídos de mi pequeño Richard.
Había terminado muriendo por un fallo respiratorio, no le iban puesto lo suficientemente pronto la respiración artificial y los pulmones habían terminado por fallarle.

Ahora me encuentro frente a una mesa con un feo mantel rojo pasión, que hace conjunto con el resto de la habitación. La luz también se ha teñido de ese color por los envases de las velas.
Cada vez estoy menos convencida de que esto vaya a funcionar, si de verdad mi madre quisiera ponerse en contacto conmigo lo habría hecho hacía mucho tiempo y no habría esperado tres años para ellos. Ahora que Richard, mi hermano, empezaba a superarlo, me había llegado la carta de un viejo amigo que había escogido una carrera bastante curiosa y que me decía que podía ayudarme a hablar con mi madre, que le había llamado desde donde fuera y qué quería hablar conmigo.
Ya os podéis imaginar de que era la carrera, ¿verdad?
Exacto. Espiritismo, ¿qué chorradas son esas? Y ahora, por su culpa, estoy a su lado, ni siquiera es él el que me va a ayudar a contactar con mi madre, y de ese modo fuese algo más...íntimo. No, me ha traído a a la "consulta" de una "adivina" amiga suya, que por lo visto, tenía bastante prestigio en esto de lo oculto.
Agarra mi mano cuando entra la adivina esa, me veo obligada a clavarle la mirada para que me la suelte, algo que hace casi al momento.
Respiro profundamente y espero a que la misma adivina nos pregunte por qué hemos venido. Después de explicárselo asiente mudamente y nos enseña las manos, poco después entiendo que tenemos que dárselas y así formar una especie de círculo, pero como somos tres, parece más bien un triángulo.
Nos quedamos de esa guisa unos veinte minutos mientras la adivina murmuraba entre dientes algo que no entendí, seguramente ni siquiera estaba diciendo nada y representaba su papel de farsante.
Pienso que no iba a pasar nada cuando, antes de conseguir soltar la mano de mi amigo para largarme de esa etúpida sesión, siento un aliento frío en mi nuca, me quedo congelada, esperando que una explicacón lógica llegue a mi cerebro. Pero no lo hace.
Me quedo completamente paralizada en el sitio. La adivina ha parado de hablar, me mira a través de sus ojillos oscuros, un escalofrío me recorre de arriba a bajo y ella no hace otra cosa que sonreir. Siento que me han metido en una trampa.
Suelto la mano de la anciana e intento hacer lo mismo con el de mi amigo, pero no lo consigo. Cuando me giro y lo miro, le veo con una lágrima rodando por su cara y una sombra negra que se parece vagamente a mi madre situada detrás de él, agarrando sus hombros para asegurarse de que no se va. La sombra se inclina sobre mí y exhala su aliento inmortal en mi cara. Cierro los ojos y me preparo para gritar.

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