Cerré el libro de un golpe y lo dejé en el alféizar acolchado de mi habitación para poder contemplar como la lluvia caía en cortinas a través del cristal.
La tormenta era mi bienvenida en la vuelta a casa.
Salté del alféizar y cogí las botas del ejército, no desentonaría, ya que todavía llevaba el uniforme de las maniobras cuadno había llegado al aeropuerto y no había tenido el suficiente valor para quitármelo después de camuflarme con él casi un año.
Me até los cordones y cogí la chaqueta de cuero colgada detrás de la puerta.
Me vi a mi hermana parada en el salón, afinando su guitarra mientras esperaba a que viniese sus amigos del grupo para ensayar. Sonreí y le revolví el pelo castaño al pasar por su lado. Vi como se giraba para mirarme de malas maneras.
Tendría que aguantarme ya que era su hermano mayor y estaba bajo mi cuidado hasta que cumpliese la mayoría de edad, después del accidente de nuestros padres, donde habían perdido la vida, solo nos teníamos el uno al otro.
-Voy a dar una vuelta -le dije mientras me ponía la chaqueta y salía a la calle, corrí hasta la furgoneta para aguarecerme de la lluvia y me subí a ella.
El calor de la cabina me envolvió en cuanto cerré la puerta y arranqué el motor.
Salí del jardín de mi casa y enfilé la carretera hasta llegar a una secundaria.
Seguí conduciendo al menos una hora más hasta que llegué a la desviación donde metí la furgoneta y la dejé en un sitio donde no se viera desde la carretera. Cerré de un portazo y empecé a caminar por el bosque, quitando de en medio algunas ramas y otros arbustos que me entorpecía al caminar. estuve batsante tiempo caminando, más del que imaginaba, por lo que la culpa la tenía la vegetación.
Hacia un año que no iba a visitarlos y mi corazón se encogía de emoción al saber que iba a volver a verlos, aunque a ellos ya no le quedasen palabras para expresar su gratitud.
Llegué al claro, donde las hierbas habían crecido tanto que me llegaban a la altura de los hombros, cuando la última vez había sido un poco más abajo del pecho. Eso estaba bien, así sería más difícil para que los intrusos y ladrones encontrasen la entrada.
Llegué hasta más o menos el centro del lugar, donde me agaché y empecé a tantear con las manos el suelo. Cuando encontré la anilla de hierro y tiré de ella, la tierra cayó a mis pies y quedó al descubierto la entrada del refugio. Saqué la antorcha de su escondite al lado de la trampilla y la encendí con el mechero que llevaba en el bolsillo. La llama ardió con fuerza y tuve que apartarme.
Sujeté la trampilla hatsa que estuve completamente dentro y entonces la solté con cuidado, dejándola abierta gracias a una piedra.
Caminé por los largos y laberínticos pasillos de la caverna hasta llegar a la sala de reuniones, donde se abría el estrecho túnel y daba paso a una sala de tamaño considerable, con las paredes llenas de antorchas de aceite, en baldes de oro puro.
Se respiraba lo sagrado en el lugar. Seguí caminando hasta llegar al final de la sala, donde había un manifiesto colgado de la pared y dos ataúdes de mármol debajo.
Acaricie la suave superficie y dejé que las lágrimas recorrieran mi rostro.
Llevaba un año esperando este momento.
Venía aquí todos los meses para poder guardar el secreto de mi familia y vigilando los ataúdes para que la situación no se me fuera de las manos.
Los ataúdes de mis padres.
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