miércoles, 23 de mayo de 2012

Rayo de nube

Los rayos del sol me atraviesan los párpados y tiñen de rojo mi mundo.
Gruño al cielo cuando mi padre tira de mi camiseta y me despierta.
 Mi caña se mueve y me alegro. Significa que esta noche habrá algo para comer y que mis hermanos comeran después de un par de días.
Soy la hermana pequeña de cuatro hermanos. La unica chica. También soy la única a la que nuestro padre enseñó a cazar y pescar.
Todos esperan que traigan la cena, y que sea algo de carne. Llevamos desayunando, almorzando y cenando lo mismo casi una semana.
Me abalanzo sobre mi caña, pero no tiro de inmediato, porque perdería la presa, una presa valiosa. Me apoyo con cuidado sobre las rocas y cojo la caña con el mismo cuidado. Empiezo a tirar del pez despacio, pero sin pararme. En el último momento, cuando parece que lo voy a conseguir, el agua se riza y aparece un cocodrilo que se lo lleva por delante todas mis esperanzas de tener una buena cena.
Suelto la caña, enfadada conmigo misma tanto como con el cocodrilo.
Escucho como mi padre se ríe detrás de mí y me dan ganas de levantarme y darle un puñetazo en el estómago, como hacía cuando me cabreaba y tenía cinco años.
-Tranquila, estamos en un pantano. Normal que haya cocodrilos -palmea mi espalda y saca su caña del agua para lanzar el anzuelo más lejos, lejos de donde estaba todavía el cocodrilo, acechándonos.
Miro las barcas que tenemos al lado, una tiene un agujero enorme en el centro y está inservible, la otra la utilizamos mi padre y yo para venir a pescar en esta parte de la isla.


Meneo la cabeza, cojo mi caña, me levanto de un salto y me dirijo al peñón más cercano para poder pescar tranquilamente, sin depredadores que me roben la pesca.
Me subo a él y lanzo de nuevo la caña, que golpea el agua unos diez metros de mi posición. El agua se riza allí donde el cocodrilo de la otra orilla se hunde en el agua y se va en dirección contraria a donde estoy yo. Seguramente mi padre ha puesto un cebo que los mantenga ocupados mientras nosotros pescamos.
Es ya cuando esta oscureciendo cuando mi caña se mueve de nuevo, la conjunción del sol y la luna hace que la atmósfera del río sea algo escalofriante, pero ya estoy acostumbrada. Y, a parte de los cocodrilos, no hay nada más grandes que nosotros.
Me levanto y cojo la caña, me asiento entre dos piedras y empiezo a recoger el hilo. Noto la fuerza del pez cuando intenta escapar, pero para su desgracia se ha clavado el anzuelo hasta el fondo y no podrá escapar. Debe de pesar unos tres kilos.
Me paso unos diez minutos intentando sacarlo del agua cuando lo consigo.
No es lo que me espero. Es una serpiente marina enorme, que me mira con unos ojos irisados de color verde que me paralizan en el sitio. Escucho el siseo que produce y como en su estómago está la forma del pez que habría pescado si no se lo hubiera comido.
Suelto la caña pero ya esta frente a mi, rodeándome con sus anillos y apretándome cada vez más entre ellos mientras mi mirada se clava en la suya.
Lo último que escucho es el grito de mi padre al correr y llamarme.
Después, la boca de la serpiente se descoloca y se abalanza sobre mí.

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