jueves, 26 de septiembre de 2013

Fin de semana diabólico (3)

Empecé a gritar como un poseso y a golpear el suelo con el puño.
Cuando pude calmarme, empecé a tirar de la cuerda para ir al desván, pero esta no se abría. Tiré con más fuerza, pero siguió sin dar resultado.
Dejé de intentar abrir la puerta del desván, por lo que me giré y empecé a pegarle puñetazos a la pared.
Lo único que recibí fue el dolor en los nudillos, al igual que algo de sangre en ellos. Me derrumbé contra la pared, donde empecé a chillar de nuevo, esta vez con más fuerza.
Mientras el dolor se extendía por todo mi cuerpo, escuché un tamborileó que provenía del desván, presté atención. Los aullidos de dolor de mi madre hicieron que el alma se me desgarrase lo que nunca podría haber imaginado.
Me levanté una vez más y empecé a aporrear la pared, lo único que tenía a mi alcance, ya que la puerta del desván seguía cerrada e inalcanzable.
Grité con todas mis fuerzas, aún sabiendo que eso no valdría para nada y menos aún para conseguir ayudar a mi madre en su miseria. Nunca antes había experimentado tanto dolor, pero eso no me impedía moverme. Esperaba que pudiese tener una idea fantástica en el momento necesitado, pero me quedé mirando como un idiota embobado la puerta del desván, esperando a que mi madre apareciera mágicamente bajando las escaleras y sonriendo, como si todo hubiese sido una broma, pero nada de eso pasaría.
Me levanté, decidido a terminar con esto y hacer algo que valiese la pena además de estar regodeándome en mi desgracia.
Bajé las escaleras lo más rápido que pude y salí de casa, dirigiéndome hacia el cobertizo que teníamos en la parte trasera del jardín. Intenté no mirar el cadáver de mi padre todavía en el salón, bajé la cabeza intentando no imaginarme la escena en mi mente, algo que se me quedaría grabado a fuego toda el resto de mi vida.
Por primera vez desde que tenía memoria, me alegraba de que mi padre tuviese como hobby la caza, así podía coger su escopeta del cobertizo, coger las balas y matar a cualquiera que me estuviese haciendo pasar esta pesadilla y se había llevado a mi madre a sufrir al desván.
Cargué la escopeta de mi padre hasta el tope, lo que me daba unos seis u ocho disparos, no los había contado, recogí el resto de las balas y me las guardé en el bolsillo de los vaqueros, nunca antes había disparado, pero se me daban bien jugar a los dardos, esperaba que eso me ayudase algo, ya que en vez de tirar el dardo por ti mismo después de apuntar, lo único que tenía que hacer era mantener la calma al apuntar y apretar el gatillo, al menos en teoría, debía ser fácil.
Me cargué el arma al hombro y volví a entrar en mi casa, pero no sin antes pasar por el sótano.
Aunque más bien que sótano, era la típica buhardilla debajo de la escalera que tenía todas las casas de nuestra calle.
Subí de nuevo los escalones, esta vez apoyado con la mini-escalera de metal que había cogido de la buhardilla en el brazo que no tenía ocupado aguantando la escopeta.
Planté la escalera debajo de la trampilla del desván y probé a tirar una vez más de la cuerda. Seguía sin reaccionar, por lo que me bajé de la escalera manual, me aparté todo lo que pude de la trampilla sin perderla de vista. Me senté, respiré con tranquilidad, me llevé la escopeta al hombro y apunté hacia la trampilla, contuve la respiración y apreté el gatillo.
Al segundo siguiente,  la trampilla había desaparecida y el aire estaba impregnado de un olor a podrido y musgo que no debería existir, sentí que fuera lo que fuese lo que me esperaba en el desván con mi madre, no era de este mundo, sería de matar, si es que era mortal, pero de eso ya tendría tiempo de averiguarlo una vez que hubiese conseguido subir a la trampilla y meterme en el desván,.
Caminé hasta quedarme debajo del agujero que había provocado el disparo, algo denso y oscuro cayó en mi cara, levanté una mano para apartarlo, pero cuando la bajé y lo miré, se me paró el corazón.
Era sangre.

domingo, 16 de junio de 2013

Zombies

Corría con todas mis fuerzas, pero por más que lo intentaba, nunca conseguía alcanzar mi objetivo, siempre que creía que estaba lo suficientemente cerca, alargaba el brazo y, de repente, volvía a estar al principio de la carretera y la carrera por salvar mi vida empezaba otra vez.
Una de las veces, caí al suelo y las balas resbalaron de mis dedos, solo me quedaban dos en la recámara de la escopeta, por lo que tendría que reservarlas para más adelante.
Las balas rodaron calle abajo y uno de los más adelantados se paró y se agachó para coger una. La examinó de cerca, casi como si estuviera verdaderamente interesado en ella. Se la acercó a la cara y la lamió, cerró los ojos y bufó al notar el sabor amargo del metal, escupió y tiró la bala hacia el otro lado.
Me levanté como pude y empecé a correr de nuevo. Cuando llegué a la cima escuché el motor de un helicóptero, esto no había pasado las otras veces, me quedé quieta, esperando a que algo nuevo sucediese. El helicóptero negro apareció al otro lado de la colina, no reconocí a nadie que fuese en su interior, pero eso daba igual, paso por encima de mi cabeza como si no me hubiera visto y empezó a masacrar a las bestias que me perseguían. Una a una, todas fueron cayendo hasta que la cabeza de la última cayó en un charco y el chapoteo parecía la melodía de mi salvación. Corrí un poco más, persiguiendo mi esperanza aérea, que siguió volando hacia el horizonte, fuera de mi alcance. Terminé por rendirme, estaba claro que no habían venido a por mí, al menos no hoy, pero estaba harta de tener que huir por mi cuenta.
Miré la escopeta y la tiré tan lejos de mí como pude, no tenía ningún sentido luchar si cuando por fin encontrabas a alguien que podía ayudarte, tu esperanza de tener un compañero con el que seguir adelante se desvanecía como el humo, al igual que ese helicóptero.
La última vez que había visto a un ser humano no contagiado había sido ocho meses atrás, cuando un hombre se había ido voluntariamente con esas bestias que nos habían arrebatado nuestro mundo para evitar su sufrimiento de estar combatiendo permanentemente contra ellos.
Yo no me había rendido tan fácilmente, pero al paso que iba, seguramente que la próxima vez que me encontrase con uno, la decisión sería diferente.
- ¿Puedo sentarme contigo? -una voz femenina me sacó de mi ensoñación y me hizo dar un brinco, me giré y vi como una chica de mi propia edad con el pelo rubio y los ojos oscuros me sonreía. El uniforme negro acolchado era el mismo que el que llevaban los que estaban en el helicóptero. No entendía porque estaba a mi lado.
-Lárgate -gruñí. Parecía que había enviado a alguien para asegurarse de que era humana y no estaba contagiada. Durante un segundo, mi corazón se alegró de que viniesen a por mí, de que hubiesen reparado en mi presencia y me considerasen lo suficientemente importante para ir a investigar por mí.
Me levanté con la intención de recoger la escopeta, pero había desaparecido.
- ¿Estás buscando esto? -me lanzó la escopeta y me sonrió de nuevo. Yo seguía sin estar muy convencida para confiar en ella, por eso la cogí al vuelo, me di la vuelta y seguí caminando.
-No lo entiendo -habló de nuevo-. Cuando estábamos en el helicóptero nos hiciste señales para que te recogiéramos y ahora que he venido a por ti, ¿te largas?
-He visto como sois de cerca. No sois supervivientes -la miré de arriba a abajo, había aprendido a reconocer y odiar a ese uniforme y a cualquiera que lo tuviera-. Sois los causantes de todo esto.
Abrí los brazos y me giré, intentado abarcar con el gesto todo lo que había a nuestro alrededor, culpándolos abiertamente de que el mundo se hubiese ido a la mierda.
Empecé a bajar de nuevo la colina, me agaché para recoger las balas que se me habían caído en la subida, las guardé en la mochila junto al resto de cartuchos y me la eché al hombro.
Seguí mi camino, ahora que sabía que los únicos que podían ayudarme eran los mismos que había provocado esta catástrofe apocalíptica mundial, había decidido seguir luchando.
PD: Perdón por la tardanza, pero espero que entendáis que los exámenes me hayan tenido ocupada.

lunes, 22 de abril de 2013

Vidas Silenciadas

Las vidas que presenció no merecen perecer en silencio,
por eso escribo estos versos.
Con el deseo de que encuentren un camino opuesto.

El sol me ayuda en mi misión,
pero no sé si seré capaz de terminarla con éxito,
los premios ya no me llenan,
solo lo hacen los malos momentos,
que me recuerdan todo el mal que he hecho.

El mérito no es lo que busco,
sino a mi fortuna,
que se ocultado en el lado oscuro de la luna,
y así pongo a mi manada alerta,
como un lobo solitario cuando aulla.

Con niebla ligera,
que se expande por mi pecho,
y me hace tocar el techo.


Yaiza Febles Morales, 22/04/13

lunes, 1 de abril de 2013

Das Testament

Ah, estábamos unidos para que el silencio pudiese subsistir entre nosotros: habría sido la ley de aquel invierno, una ley de dura violencia, pero en cambio se iniciaba ahora nuestra ternura, y no sólo la nuestra, también la suavidad de lo hecho viviría en mi corazón.
Posiblemente -la necesidad era tan enorme- hubiésemos tenido la fuerza suficiente para callar..., puesto que no fuimos nosotros quienes rompimos el silencio; la boca del destino se abrió y nos inundó de noticia.
Porque el amor es el clima propio del destino, en la medida en la que hace también su carrera por los cielos, por los que extiende su vía láctea de miles de millones de astros de sangre; bajo estos cielos, el país se extiende preñado de fatales azares.
Ni siquiera los dioses, en las transformaciones de su pasión, eran lo bastante poderosos para liberar a la amada terrenal, aterrada, fugitiva, de los lazos intrincados de este suelo fecundo.


Rainer Maria Rilke.

viernes, 22 de marzo de 2013

Rilke

Vivir en los abrazos sólo puede hacerlo quien pueda morir en ellos; cada uno elige su permanencia según el gusto (deja que lo exprese con esta frívola sensualidad) de su muerte.
Lo que empuja a aquellos hombres a su marcha errante, a la estepa, al desierto... es la sensación de que a su muerte no le complace la casa en que vivían; de que no tiene sitio en ella.

viernes, 1 de febrero de 2013

Mas allá de las sombras

Las tinieblas se han alzado,
el sol ha sido aplastado,
la Luna ha arrasado.
Los Imperios han sido carbonizados,
las cenizas vuelan, 
los restos susurran su vergüenza,
los cadáveres aullan a la vida,
echando de menos su belleza.
Los árboles se han quedado sin hojas,
los ríos sin agua,
y la vida sin alegría.
Los lamentos de las almas,
han sido acalladas.
La oscuridad ríe
su victoria.
Pero más allá de las sombras,
donde la vida ha sido recluida,
sigue gobernando una paz,
que los guiará.
Y nada pasará,
hasta que el cielo caiga
y sus cenizas lo envuelva todo.

Las Tinieblas

Las tinieblas se alzaran,
De ellas saldrán dos sombras,
Una irá hacia el cielo,
La otra hacia el inframundo,
Desde sus reinos gobernarán,
Buscando almas que les escuchen,
A almas que engatusar,
Y almas que les ayuden,
Pero en el Juicio Final,
Sólo uno sobrevivirá,
Y su reino se alzara,
Poblándolo todo,
Desde la salida del Sol,
Hasta la muerte de la Luna,
Y la sombra que había salido en la niebla,
Llegara a la cima más alta de su reino,
Donde se encontrará con su adversario,
Al cual llevará a su reino,
Para que no vuelva a alzarse contra él.

domingo, 13 de enero de 2013

Tallando palabras

La vida me ha hecho enfrentarme a cosas que no he querido.
Me han tirado desde un abismo sin retorno, me han dicho que nadie se hará cargo de mí y que el destino me prepara una guerra en la que estoy condenada al fracaso.
Nada de eso me ha afectado y he ganado la guerra. Los lobos y los cuervos se han puesto de mi parte y los dragones han caido.
Digamos que el destino está escrito, sí, pero lo escribimos nosotros sobre la marcha, cambiando una letra aquí y un signo de interrogación allá.
Nosotros escibimos el libro de nuestra aventura.
Lo más importante es que cuando me enfrenté a ellos no retrocedí, sino que mi hermano cuervo me dio un empujón con su pico para adelantarme y empezar a correr.
Cuando empecé no pude parar y me abalancé sobre el primero, que cayó al poco tiempo, cuando tres más de mi bando se abalanzó sobre él para ayudarme.
De pronto, el campo de batalla se convirtió en un mar de sangre y chispas volando entre el choque de espadas, colmilos y escamas.
La luna nos sorprendió, por lo que ya llevábamos luchando todo el día hasta el anochecer sin tregua.
Mi espada se había roto y solo podía luchar con mis colmillos contras las alas membranosas y gigantescas de un dragón dorado que se alzaba contra mí, invencible.
Vi pasar un cuervo por mi lado a toda velocidad. Subió de forma vertiginosa hasta llegar a la cabeza de mi adversario, al cual empezó a picotear en los ojos, intentando dejarlo ciego.
Sonreí y me abalancé sobre él, escalé por su cuerpo y llegué hasta su cuello, donde clavé mis colmillos y le arranqué la vida.
De la garganta del dragón dejó de salir gruñidos, su cuepo tembló y cayó. Salté a tiempo y el cuerpo de mi enemigo caído no me aplastó. Subí de nuevo a él, esta vez al nacimiento de sus alas y grité, dando por finalizada la batalla a haber matado al dragón pesadilla, aquel que hacía que tus peores sueños se hiciesen realidad y que condenaba el mundo que pisaba.
Como de un sueño que gotea, los demás dragones fueron cayendon uno a uno, hasta que ninguno quedó en pie.